''Apertura del XXI Cap. Gral"
Discurso al XXI Capítulo general
“A través de los ojos de un niño”
Seán D. Sammon, FMS
¿Se acuerdan Uds. como era ver el mundo a través de los ojos de un niño? Si lo han olvidado, permítanme que refresque su memoria. Los niños se centran en lo obvio, en lo que los adultos vemos claramente pero que nos empeñamos en ignorar. Muy a menudo, las noticias que nos traen son claras, dichas sencillamente y con honestidad. Esta mañana, al inicio de nuestro XXI Capítulo general, les invito a tomar como propios los ojos de los niños pobres. Porque debemos valorar, lo que podamos y lo más completamente que nos sea posible, hasta qué punto la vida y la misión de los Hermanitos de María de Marcelino Champagnat son vividas hoy con celo y pasión, en consonancia con las llamadas de la Iglesia y los signos de los tiempos. Debemos preguntarnos si, como nuestro fundador, ¿estamos o no, por encima de todo, enamorados de Jesucristo creíblemente visible entre los niños pobres y los jóvenes que captaron el corazón de Marcelino? Un capítulo, sin embargo, es mucho más que un tiempo destinado para la evaluación, para medir si vivimos o no un ideal u otro. Como los que han llegado antes, este XXI Capítulo general es un tiempo de gracia extraordinaria para nuestro Instituto y todos los que formamos parte de su vida y misión. Por lo tanto, sentémonos y pensemos, pues tenemos a mano la oportunidad de iniciar el cambio fundamental del corazón que decimos estar buscando. Cuando los capitulares se reunieron en este lugar en 1967, dos años después de terminado el Concilio Vaticano II, para nuestro Capítulo extraordinario de renovación, tenían poca idea de lo que encontrarían en el futuro inmediato. Sin embargo, el mensaje de un Concilio Ecuménico, el primero en 100 años, había despertado sus corazones y aumentado sus esperanzas. Y por lo tanto, comenzaron con fe, con valentía y con amor por nuestro Instituto a rehacer la vida y la misión marista para una nueva era. Sin embargo, a medida que comenzaban ese viaje de renovación, nuestros hermanos sabían muy bien que en algún momento del futuro tendrían que rendir cuentas, que habría un momento cuando otros como ellos mismos se reunirían una vez más. Peregrinos compañeros que llevaban en su corazón el sueño de Marcelino Champagnat y habían vivido la experiencia de renovación bastante tiempo, no podían hacer otra cosa más que decir la verdad sencillamente y sin vacilación; tomar decisiones atrevidas, valientes, incluso inesperadas. Aquí, ocho cortos años antes de nuestro bicentenario como Instituto, debemos aceptar el hecho de que somos esos compañeros peregrinos y que ahora es el momento de la toma de decisiones. Esta mañana me referiré a varias áreas, incluyendo: la vida consagrada, la identidad y la formación, la reestructuración y la internacionalidad, el gobierno y la asociación del laicado marista. En cuanto a lo último, quiero explorar cómo podemos promoverlo sin paternalismo y sin convertirlo en un clon de la vida consagrada. En pocas palabras, ¿cómo podemos unir nuestra energía con la de nuestros hermanos laicos maristas para llegar a una espiritualidad y un sentido de auto-conocimiento que es verdaderamente marista y realmente de los laicos?
Un contexto general Seamos sinceros: como Instituto hemos pasado el último medio siglo cayendo en pedazos. Por lo tanto, no tendría que ser una sorpresa para nadie si hoy luchamos con preocupación sobre nuestra identidad, el futuro de nuestro estilo de vida y la carga de escándalo que hemos tenido que sufrir en varios lugares. Como hermanos siempre hemos sido muy pragmáticos. Este enfoque de la vida nos ha servido bien durante los años desde el Concilio de Trento hasta el Vaticano II, cuando los fundamentos básicos de la vida religiosa estaban claramente definidos. Sabíamos el significado de la pobreza, la castidad y la obediencia. Comprendíamos lo que se esperaba de nosotros en comunidad, así como nuestra obligación de hacer oración. Con ese conocimiento a nuestro alcance continuábamos con los detalles de nuestro apostolado diario como profesores, administradores, consejeros, apóstoles de la juventud, y otras tareas similares. Por suerte o por desgracia, en muchas partes del Instituto este enfoque pragmático de nuestro estilo de vida se desmoronó al final de los años 1960. Con lo básico de la vida religiosa de repente abierto a interrogaciones, algunos de nosotros ya no estábamos seguros del significado de los votos. Algunos empezaron también a cuestionar el sentido de la comunidad y el lugar de la oración en nuestras vidas. Hubo cambio de vestido, los horarios se modificaron, nuevos estilos de comunidad empezaron a surgir, pero los profundos cambios necesarios del corazón para una genuina renovación no tuvieron lugar. Como la identidad de la vida religiosa había perdido parte de su clara definición, muchos miembros de las órdenes clericales examinaron su sacerdocio para darle significado y finalidad. De la misma manera, nuestra identidad como hermanos religiosos comenzó a debilitarse y muchos nos refugiamos en el profesionalismo para ayudarnos a llenar el vacío. Para algunos de nosotros, las credenciales académicas, tan importantes como pudieran ser en una situación como en la otra, adquirieron un significado mucho más allá de su valor. En algunos lugares, también comenzamos a evaluar la excelencia de nuestras escuelas, no en términos de su capacidad de evangelizar eficazmente, sino por su capacidad para atraer estudiantes cada vez más brillantes. El cuadro se complica aún más por el hecho de que todo lo que ha sucedido durante los últimos 50 años, más o menos, se ha reflejado en el Instituto a través de la experiencia de tres generaciones diferentes y distintas. La más antigua, que se hace cada vez más pequeña con el paso de los años, recuerda lo que era nuestro estilo de vida antes del Vaticano II. Pueden recordar la Misa en latín, como también el día en que el sacerdote dejó de decir la misa de cara a la pared y comenzó a introducir lentamente la lengua vernácula en la celebración de la Eucaristía. Un segundo grupo llegó a la madurez cuando Juan XXIII anunció la celebración de un Concilio. Muchos de ellos se fueron rápidamente introduciendo en lo que se conoce como la modernidad. Dejando de lado ciertos privilegios y despojándonos de los símbolos y estilos de vida que nos había separado del pueblo de Dios, estos hermanos nos desafiaron, a ustedes y a mí, a enfrentarnos a las mismas preguntas acerca de la vida y al sentido al que todos los demás tenían que enfrentarse. Esta generación tenía la tarea de dirigir a nuestro Instituto en un momento de pérdida, un período importante en el que hemos cuestionado el significado y la finalidad de nuestro estilo de vida. El privilegio de haber estado presentes en la muerte de una época de la historia de la Iglesia, es una bendición hoy porque tenemos la oportunidad de facilitar el nacimiento de otra época. Las cuestiones de renovación de 2009 y 2010, sin embargo, no son los de la década de 1960 o de la década de 1980. Hoy, una nueva generación está examinando nuestro estilo de vida y misión a través de los ojos formados por un mundo que es ajeno a muchos de los que tenemos más de 50 años. La mayoría carece de una fuerte identidad Católica como definida por las prácticas del pasado. Los que se acercan a nuestro estilo de vida marista en muchas partes del mundo, en este momento, han vivido con preguntas desde su infancia. Ahora están buscando algunas respuestas e insisten en tener claros signos que les marquen como hombres religiosos. Hablen con ellos y descubrirán rápidamente que el Vaticano II es la historia de otras personas. Como Instituto, hemos pasado a través de un medio siglo difícil. El Concilio fue un evento sísmico: cuando el primer polvo se había asentado, todos nos encontrábamos en un lugar diferente. Durante los años siguientes, nos hemos vuelto cada vez más conscientes de los problemas de la justicia social masiva, engendrados por la modernidad, así como la crisis de fe que existe y que tiene su origen en los retos teológicos de la post-modernidad que se juegan en el contexto de una iglesia altamente polarizada. Hemos sido muy bendecidos durante ese tiempo. En primer lugar, la presencia viva y la protección de María, madre de Jesús, ha sido evidente en todo. Nosotros también hemos sido bendecidos con líderes excepcionales que han mantenido la esperanza viva mientras hacíamos nuestro camino a través de un, a veces, árido desierto. Líderes como Basilio, Charles, Benito y sus Consejos. Unas palabras de gratitud a cada uno de ellos. El crecimiento de un espíritu más profundo de fraternidad también se puso en marcha durante este período, como también lo hizo nuestro movimiento asociativo del laicado marista. Estas iniciativas agregaron un aire de expectación sobre lo que nos podría deparar el futuro. Igual que nuestros hermanos en 1967, hoy nos encontramos en una encrucijada. Construir el futuro de la vida y misión marista requerirá que tomemos decisiones que nos permitirán ser lo que debiéramos ser: hombres enamorados de Dios, hermanos visiblemente evangelizadores de los niños pobres y de los jóvenes, religiosos construyendo comunidades marcadas por un espíritu de hospitalidad y bienvenida y, como el fundador, discípulos del Señor con el corazón de un misionero. Los capitulares de nuestro XVI Capítulo general, conscientes de sus responsabilidades, se dieron el tiempo que necesitaban y reunieron los recursos necesarios para hacer el trabajo. Aunque pudieran haber desconocido el hecho, en aquel momento, su desafío era iniciar un período durante el cual gran parte de lo que era familiar, por lo menos para una generación de hermanos, simplemente se desvanecería. Nos ayudaron a movernos hacia donde hemos tenido que confiar en Dios más que en nosotros mismos. Vida consagrada y formación El Vaticano II no debería haber dejado ninguna duda en la mente de nadie: todo el mundo está llamado a la misma santidad y a la participación en la misión de la Iglesia en virtud de nuestro bautismo. Hoy somos más conscientes de que la plenitud de la vida cristiana es la vocación de todos los fieles. El reconocimiento de esta llamada universal a la santidad y a la misión, obligó a la vida consagrada a redefinirse para una nueva era. Antes del Vaticano II, a la mayoría de nosotros se nos había dicho que la nuestra era una forma de vida separada, que era diferente y superior a la vida de un cristiano laico: mujer u hombre. El Concilio nos recordó que ninguna de las características intrínsecas de la identidad y de la vida cristiana son un rasgo exclusivo de un estado especial de vida. Por ejemplo, la oración, la comunidad, la hospitalidad, la castidad, el amor al vecino, la fidelidad y muchas otras cualidades se encuentran en los laicos y laicas cristianos, como también en los que hemos escogido la vida religiosa. Por eso ¿qué hace que la vida consagrada sea diferente? Dicho sencillamente: el celibato consagrado. Este es uno de los aspectos de nuestras vidas que tenemos más dificultad en discutir. Como los profetas hebreos de antaño, un hermano es un hombre reclamado por Dios, una persona cuya vida ha sido tomada por Dios en exclusión de cualquier otro compromiso. Insistir también que nuestro estilo de vida es un misterio, no es eludir la cuestión sobre su significado. Es decir claramente que la relación entre Dios y una persona resulta en un compromiso libre de toda la vida en un celibato consagrado, y es tan insondable como la atracción entre dos personas que conduce al matrimonio. Los misterios no se pueden explicar, solamente explorar con reverencia. La vida consagrada es un estilo permanente, estable y público de vida dentro de la Iglesia. Lamentablemente, cuando el Vaticano II clarificó el hecho de que los hombres y las mujeres religiosos no eran un estado intermedio entre el clero y los laicos, algunos concluyeron, –por un proceso de eliminación– que, dado que no éramos clero, teníamos que ser laicos. Esta conclusión no era la intención del Concilio ni es compatible con la experiencia. Es, sin embargo, la causa de muchas de nuestras preguntas de hoy sobre la identidad. Los delegados que formaron el cuerpo del Concilio nos hicieron un servicio al recordarnos que la vida religiosa está destinada a formar parte del carisma y no de la estructura jerárquica de la Iglesia, pero eso no significa que no sea un estado de vida. Ambas, Lumen Gentium y Perfectae Caritatis, la reconocen como tal, pero distinta de los que están ordenados como de los laicos.
Como hombres religiosos que no estamos ordenados tenemos la obligación especial de ser la conciencia de la Iglesia. Viviendo bien nuestro estilo de vida, colocándonos en aquellas situaciones y lugares donde es difícil que otros vayan, y trabajando para satisfacer las necesidades que apenas están comenzando a ser identificadas y para las cuales no existen los recursos institucionales, recordamos a la Iglesia su verdadera naturaleza. Sí, por nuestro sentido de la hospitalidad, la compasión que mostramos a los otros, nuestra preocupación por aquellos a quienes nadie más servirá, nuestra presencia con los marginados; hacemos que el Señor resucitado sea conocido y amado en nuestro mundo de hoy y recordamos a la Iglesia lo que debiera ser, anhela ser, y lo que debe ser. Al acercarnos a este Capítulo, debemos comprometernos a hacer el trabajo necesario para clarificar el lugar y el objetivo de nuestro estilo de vida dentro de la Iglesia. Quizás no podamos realizar esa tarea plenamente durante el tiempo previsto, pero debemos establecer los medios para hacerlo finalmente. Lo que es más importante, debemos asumir el mismo espíritu de los delegados del capítulo de 1967 y, como nuestro fundador: poner nuestro punto de mira en el futuro. Como los delegados de 1967 tenemos la responsabilidad de iniciar un período de transformación; nuestra responsabilidad es empezar a construir el futuro. Por eso, durante estos días juntos debemos tomar decisiones sobre nuestro estilo de vida que nos ayudarán a dar pasos iniciales hacia el futuro, dándonos cuenta, que construirlo totalmente ocupará la vida de muchos de los que estamos aquí presentes. Sin embargo, aunque sabemos muy bien que ese futuro nos sobrevivirá, podemos estar igualmente seguros de que viviremos el futuro que construyamos. Si no tenemos clara nuestra identidad, transmitiremos esa falta de claridad a aquellos que nos son confiados para que les formemos. El proceso de formación es, en parte, una iniciación a nuestro estilo de vida, así como una preparación para vivirlo plenamente. Desafortunadamente, parece que ofrecemos preparación para algunos aspectos de nuestra forma de vida y no para otros. Tomemos como ejemplo la formación inicial. Nuestros documentos dicen que su objetivo es la formación de Apóstoles maristas. Sin embargo, el significado exacto de esta última frase parece entenderse de forma diferente en diversas regiones del Instituto y el énfasis recae, a menudo, en la preparación profesional o en el desarrollo personal en lugar de un cambio del corazón. Hace varios años, por ejemplo, recibí una nota de un hermano joven que había completado sus dos años de noviciado y que ahora estaba enseñando y viviendo en comunidad. Escribía: "gracias por la oportunidad de tener estos dos años de experiencia. Ha sido un momento maravilloso de crecimiento personal para mí". Ninguna mención de Jesucristo, ninguna referencia a convertirse en un retrato vivo de nuestro fundador. Creo que debemos examinar seriamente lo que hacemos en el área de formación en todo nuestro Instituto y, teniendo la Guía de Formación como un marco de referencia, asegurarnos de que estamos dando la mejor preparación posible de nuestro estilo de vida a nuestros hermanos jóvenes. Debemos recordar que la formación es un viaje espiritual y no únicamente una preparación profesional. En consecuencia, para mí personalmente, la formación inicial debe incluir un escolasticado de tres años destinado a formar a jóvenes religiosos que serán apóstoles maristas. Y si queremos abrazar el nuevo mundo al que nuestro lema capitular nos pide que nos dediquemos, recomiendo establecer cuatro o cinco escolasticados regionales y mezclar la población de cada uno de ellos para que todas las partes de nuestro mundo marista estén representadas en cada uno de estos centros A continuación, reunir cuatro a cinco de los mejores grupos de formadores que podemos juntar en todo el Instituto y asignarlos a estos centros. En una generación tendríamos una red de hermanos con experiencia internacional y relaciones con otros hermanos del mundo marista. Rezo para que estén abiertos a la misión en aquellos lugares donde la Iglesia, los niños pobres y los jóvenes de nuestro mundo nos llaman, a ellos y nosotros. Por otra parte, esos jóvenes hermanos tendrían una perspectiva global cada vez mayor y una apreciación más realista de los problemas con los que se enfrentan en otras partes de nuestro Instituto. Del mismo modo, creo que también necesitamos revisar nuestros programas de formación permanente. Tenemos que estar seguros que estos programas están encaminados a la renovación espiritual y proporcionan a los involucrados una oportunidad significativa para reunirse y hablar con alguien sobre su vida de fe. Algunos de estos programas también podrían prepararse para hermanos y laicos maristas juntos, aunque otros servirían sólo a uno u otro grupo.
Por último, tenemos que desarrollar nuevos métodos para preparar a los hermanos jóvenes, y a nosotros también, para las comunidades de hoy y de mañana. Demasiadas personas están abandonando nuestra forma de vida expresando desilusión con la calidad de la vida comunitaria. Este problema ha existido durante mucho tiempo. Se asume que por haber vivido en familia sabemos cómo vivir con los demás. Pero una comunidad no es una familia en el sentido tradicional. Es, más bien, un grupo de adultos creyentes tratando de vivir su vida centrada en el Evangelio. Pero, ¿qué significa eso hoy? y ¿cómo podemos prepararnos mejor para vivir juntos? Éstas son las preguntas que se deben hacer y que merecen una respuesta.
Internacionalidad En estos últimos años, uno de los pocos resultados de los Capítulos generales que ha llamado la atención fue la recomendación de los capitulares de 1993 de que alguna reestructuración debía tener lugar en el Instituto, especialmente en aquellos lugares donde su futura vitalidad y viabilidad estaban en entredicho. Me atrevo a decir, sin embargo, que la mayoría de los capitulares abandonaron Roma con la creencia de que la reestructuración ocurriría en algún lugar del Instituto, pero que tendría poco impacto sobre ellos y sus vidas. El nuevo mundo sobre el que estamos hablando se está tornando rápidamente internacional y multicultural. Como Instituto, hemos tomado algunas medidas iniciales en esta dirección. Nuestros esfuerzos, sin embargo, no han dado los frutos que esperábamos. Por ejemplo, como se ha mencionado hace un momento, en 1993 los delegados al Capítulo general iniciaron un proceso de reestructuración. El Consejo general entrante decidió que el Instituto, en su conjunto, podría beneficiarse haciendo preguntas acerca de la vitalidad y la viabilidad. Inicialmente se cometieron dos errores. Ante todo, en la mente de algunos, la reestructuración se asoció con la reorganización geográfica. Mantuvieron la creencia de que una vez una provincia decidía unirse con otra provincia o provincias, la reestructuración había tenido lugar. Con toda honestidad, nosotros nos hemos reconfigurado como Instituto, pero no nos hemos reestructurado completamente. El objetivo de la reestructuración es una mayor viabilidad y vitalidad de la vida y misión marista. El Consejo General de 1993-2001 elaboró una serie de criterios que, cuando aplicados, podrían aumentar las posibilidades de producirse una mayor vitalidad y viabilidad. Estos criterios no fueron completamente ejecutados. Hoy tenemos que volver sobre todo el proceso de reestructuración y abordar el trabajo que queda. Si no lo hacemos, sembraremos la semilla de futuros problemas. Los miembros de algunas antiguas provincias acabarían quejándose de haber sido colonizados; en otras, el choque de valores mantenido en dos o tres provincias se haría más evidente e interferiría con el establecimiento de cualquier sentido de unidad. Tenemos que avanzar hacia una mayor internacionalidad de otras maneras también. Por ejemplo, somos uno de los Institutos en la Iglesia que hoy carece de un lenguaje común entre todos sus miembros. En muchas otras congregaciones todos los miembros aprenden a hablar el idioma del fundador o fundadora. Al tener como mínimo esa capacidad les da acceso a todas las obras de su fundador o Fundadora y de los primeros miembros. También hace que, al reunirse en contextos internacionales, los frutos sean mayores a nivel personal. Es comprensible que las regiones elijan trabajar en otro idioma, pero me parece que hoy es un beneficio continuar trabajando en los cuatro idiomas aprobados, pero debemos acordar que todo el mundo adquiera una habilidad en francés, el idioma del fundador.
Gobierno y animación En todos los niveles del Instituto, tenemos que decidir qué es lo que esperamos del Gobierno, y, a continuación, tenemos que proporcionar los recursos para hacerlo posible. Cuando los resultados de la encuesta para un provincial llegan a mi escritorio, la lista de cualidades que se esperan y las características que se anticipan en una persona que ocupará este papel van más allá del alcance de la mayoría de todos. Un dilema similar existe cuando consideramos la Administración general. Los Capítulos anteriores han tenido la tendencia de dejar una larga lista de tareas para que la nueva administración las ejecute. Normalmente hay una lista de mandatos, seguida de recomendaciones, seguida de algunas líneas acción. Todo esto está bien si lo que se manda puede cumplirse con el personal proporcionado, pero ¿es ésta la mejor manera de construir una Administración general? ¿Es éste un enfoque para conseguir un mayor beneficio para el Instituto? Un cambio en la composición del Consejo general es un área que merece ser revisada. Durante el capítulo de 1993, el Ecónomo general y el Secretario general se han eliminado como puestos del Consejo. Según mis mejores recuerdos, esta decisión fue tomada para permitir que el Consejo general pudiera elegir para estos puestos a hermanos en vez de ser elegidos por el capítulo. De esta manera, el Consejo dispondría de un conjunto más amplio de candidatos y quizás una mejor coincidencia entre la persona y el puesto. Otro argumento planteado en apoyo de la eliminación de ambos puestos del Consejo general fue la creencia de que el Secretario general y el Ecónomo general tenían un conocimiento limitado del Instituto en comparación con los otros miembros del Consejo y, por lo tanto, no estarían en situación de tomar decisiones de una manera informada. Este punto de vista, en mi opinión, no ha demostrado ser verdadero y ha puesto límites a la contribución que tanto el Secretario general como el Ecónomo General, podrían hacer a los asuntos del Consejo. Y esto está trabajando ahora en contra del Instituto. En los últimos años, ambos han tenido contacto con todas las regiones del Instituto; también han estado en contacto con una red de personas — secretarios y ecónomos provinciales — que son importantes en la vida del Instituto y su misión. Mientras se permita al Consejo general el derecho de nombrar al Secretario general y al Ecónomo general, creo que estos puestos deberían ser restaurados como miembros del Consejo general. A continuación, necesitamos desarrollar nuevas estructuras que nos ayuden a dedicarnos rápidamente a las necesidades o problemas urgentes dentro del Instituto. Recomendaría que se considere establecer el concepto de las Conferencias de Provinciales, con una base regional e internacional. Este grupo podría ser convocado a una sesión para tratar los problemas de una región particular del Instituto o allí donde el asunto competa al Instituto en su totalidad. La Conferencia de Provinciales podría también convocarse internacionalmente. Los Provinciales y los Superiores de Distrito están inmersos en los problemas de cada día de cualquier región y tienen la mejor información de primera mano para abordar los temas que podrían surgir o para hacer frente a los retos de programación a largo plazo ¿Sería mejor hacer este trabajo conjuntamente con la Administración general? ¿Por qué razón? Es de esperar que la Administración general pueda aportar a la discusión una perspectiva marista global. Trabajando juntos con una Conferencia regional o internacional de Provinciales, estaríamos en una posición mejor para abordar profundamente las cuestiones y desafíos según van surgiendo y llegar así más rápidamente a una solución. Hay muchas otras áreas que podrían ser cuestionadas: las visitas del Consejo general, del Superior general, la Conferencia general, etc... Mi opinión es: el Capítulo tiene que decidir sobre los desafíos que enfrentarán a nuestro Instituto hoy y que lo enfrentarán durante los ocho años venideros. También tiene que decidir sobre sus expectativas de ambas: la Provincia y la Administración general. Y, a continuación, debe encontrar el equipo que mejor pueda abordar esos retos y satisfacer esas necesidades. Laicado marista El año próximo marcará los 25º aniversario desde que se concibió la idea del Movimiento Champagnat de la familia Marista. Durante esos años la asociación del laicado marista se ha desarrollado rápidamente hasta al punto en el que estamos hoy. Desde los primeros días hemos llegado a comprender mejor que, una espiritualidad que es verdaderamente laica y genuinamente marista, sólo puede surgir de la experiencia marista y de ningún otro lugar. Desarrollada por el liderazgo de los laicos maristas, se dedicará a promover un estilo personal de práctica y compromiso en el apostolado, que esté en consonancia con el estilo verdaderamente transformador de la vida marista en la Iglesia. ¡Qué trágico sería si la espiritualidad laica marista terminara siendo simplemente una variante de la espiritualidad religiosa del Instituto! Una experiencia rica y única del carisma que entró en la iglesia por medio de Marcelino Champagnat, se perdería. Los escritos y las reflexiones de los hombres y las mujeres laicos maristas, tienen validez simplemente porque son la experiencia del carisma de Marcelino vividos en la vida de un hombre laico o una mujer laica. Todos tenemos mucho que aprender los unos de otros. En algunas partes de nuestro Instituto, escuelas maristas han sido fundadas solamente por mujeres y hombres laicos. Por lo menos en un caso un hermano llegó más tarde a unirse al personal, pero la Fundación y los primeros años fueron obra únicamente de laicos maristas. Si se pueden establecer escuelas, ¿por qué no una comunidad laica fundada por hombres y mujeres? ¿Cuál es papel del hermano en el movimiento laico marista? Nuestra tarea es ayudar sin dominar. Si lo hacemos así, participaremos en lo que muchos consideran ser una de las experiencias más importantes de renovación de la Iglesia en este momento de su historia: la aparición de un laicado plenamente adulto y responsable. En este capítulo tenemos que tomar decisiones para hacer que ese resultado sea posible. Mirando a este Capítulo desde el futuro, seremos evaluados por otros. Tomemos, pues, decisiones audaces que muevan al Instituto y a su misión hacia el futuro. Tomemos el tipo de decisiones que hagan decir que este Capítulo ha sido uno de los mejores del Instituto.
Conclusión Permítanme concluir con una nota personal. Dos observaciones. La primera es sobre mi salud. Dondequiera que vaya, la gente inevitablemente me pregunta: "¿cómo está su salud?" Permítanme que conteste a la pregunta con una historia. En su primera rueda de prensa después de ser nombrado Arzobispo de NY, un reportero preguntó a Timothy Dolan si podía decir algunas palabras sobre la diferencia de cuando era un joven sacerdote, y hoy como Arzobispo. Sin dudar un momento Dolan respondió: "la mayor diferencia entre yo, como un joven sacerdote y yo como Arzobispo, es alrededor de 25 kilos!" Me complace informar hoy que para el Superior general la diferencia entre yo mismo hoy, y yo mismo hace ocho años, es precisamente alrededor de 25 kilos. No he tenido un ataque cardíaco, aunque me han tenido que poner dos “stents” en el corazón. Parece que soy uno de esos afortunados a quien los médicos son capaces de mantener a dos pasos de cualquier desastre. Sigo rezando para que siga así. En segundo lugar, he amado el trabajo de los últimos ocho años. ¿Cómo no podría hacerlo? Tuve un mentor maravilloso en Benito, un Vicario en Luis, a quien he llegado a querer como a un hermano, una comunidad del Consejo creativa y dedicada en Antonio, Emili, Jean, Maurice, Pedro, Peter, Theoneste y Víctor y anteriormente con Dick Dunleavy, Antonio Martínez e Yvon Bedard. Los miembros de la comunidad de la Casa general, con Ono como su Director más reciente, han sido una bendición, Juan Miguel Anaya un asesor sabio como procurador, Giovanni Bigotto un gran trabajador como postulador y los esfuerzos de Antonio como Administrador y Javier como Ecónomo de la Casa han sido bienvenidos. Y particularmente, Don Neary que ha sido una gran ayuda estos últimos seis años. Conociendo la bondad y la dedicación de tantos Provinciales y Superiores de distrito y habiendo llegado a conocer a los hermanos de nuestro Instituto y muchos de nuestros socios laicos, tengo grandes esperanzas para el futuro. En cuanto a mí, soy una persona bastante sencilla. El trabajo de los últimos ocho años me ha enseñado muchas lecciones sobre mis propios límites como persona y como un hombre pecador. Por lo que hemos podido conseguir como un gobierno, debo dar crédito a Luis, al Consejo y a muchos más. Por los errores que hemos cometido, tengo que asumir la responsabilidad. Así que, gracias por el privilegio de haber tenido la oportunidad de servir al Instituto de esta manera. Voy a atesorar siempre estos días y también a todos ustedes. Que María y Marcelino sigan acompañándonos durante los próximos días y que nuestro buen Dios continúe bendiciendo a cada uno de ustedes, a nuestro Instituto y su misión, así como a los niños pobres y a los jóvenes a quienes hemos sido llamados a servir. Gracias.