Un niño pícaro vino a darnos vuelta la Vida
Juan Chalbaud - Promoción 2004
Un niño pícaro vino a darnos vuelta la Vida. ¡Un niño! Aquel que aparentemente mucho no sabía, que muchas palabras no tenía para hablarnos, que fuerzas no le sobraban...aquel mismo bebito de Belén se apareció entre la creación sacudiendo los presupuestos y removiendo los estantes de la humanidad.
Dicen que tenía los ojos de su mamá...o por lo menos miraba a los demás igual que Ella. Cuentan que había heredado el carácter de su padre...o por lo menos reaccionaba con la misma firmeza y pasión que El. Un poquito gordito para los niños de la época, con los bracitos tomando forma de bandoneón, así este chiquilin movía los brazos queriendo abrazar a quienes lo observaban con sorpresa, duda, alegría y gran expectativa.
Muy pocos percibieron lo que estaba ocurriendo. Algunos dicen que se debería haber hecho más ruido, una campaña de marketing más agresiva, extensiva a más personas, con carteles y avisos en distintas celebraciones, fiestas y eventos. Pero El que nacía, conocía muy muy bien al hombre. Sabía que lo único que perdura y que de verdad transforma y fecunda la vida, es aquello que se abraza en el corazón. Y el camino hacia el corazón es delicado. Allí hay que entrar en puntitas de pie, esperando que el otro abra la puerta, respetando y aceptando su intimidad. El ruido, lo espectacular, suele pasarlo de largo si no hay un vínculo previo, hecho de compartir y caminar juntos. Y Dios se hizo hombre, no mago...y conociendo a los suyos actuó en consecuencia. Además, ya las personas habían sido avisadas, durante largo tiempo, de que un día vendría este recién nacido, pero nuestra fe no suele andar en época de vacas gordas...
Y entonces nació nomás el Hijo de Papá, el corresponsal del Tata, el embajador del cielo, el hermano de todos. El cielo, esa noche, se iluminó más que de costumbre. Cuentan los que por allí anduvieron que algunas estrellas brillaron demás por la alegría del momento. La creación se sintió atraída hacia ese recoveco santo donde nacía nuestra paz. Burritos, gallinas, bueyes, bichitos de luz, pajaritos, se acercaron tímidamente a la luz de Dios. Este diminuto vino con el pan de Vida bajo el brazo. Trajo la alegría de lo profundo del alma, la alegría del amor que se entrega porque así nace, vive y resucita, la alegría del beso, y el abrazo divinamente humano.
Dios...hombre...se deshicieron las distancias. El que es Todo, pasó a tener carne y huesos como los tuyos, debilidades y fortalezas de tu tipo, y siendo como vos y como yo, se dio TODO. Esa era su razón de ser: el amor de oración, el amor de la acción, el amor que acompaña hasta la cruz misma, y no abandona. Vino, se hizo de los más pobres para dejarnos su riqueza, perdonó para dejarnos siempre una nueva oportunidad de regresar al cariño con que nos hizo, dejó la vida para fecundar la nuestra y hacernos familia a través de las manos tendidas y los corazones abiertos.
Nació por mí, y nació por vos también.
Y le pusieron un nombre genial: Jesús.
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